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Hace ochenta inviernos, un nogal de Subijana hundió sus raíces en la tierra fértil. Creció al amparo de una casa, inclinándose hacia ella, buscando cobijo en su sombra. Resistió tempestades, inviernos implacables y soles inclementes.
Su tronco se fue alargando, moldeado por el viento y la vida. Pero un día, su abrazo se convirtió en riesgo, y su historia pareció llegar a su fin.
Pero los árboles no mueren, se transforman. Su madera, fuerte y sabia, encontró un nuevo propósito. Se convirtió en mesa, pero no una cualquiera.
Cada veta fue honrada, cada nudo restaurado con paciencia y respeto. Sus cicatrices se convirtieron en rasgos de carácter, sus bordes quemados al fuego le dieron un contorno de memoria. Nada se perdió, todo se integró. En su nueva piel, sigue contando su historia.
Hoy, en una gran sala de juntas, este nogal escucha voces que construyen futuros. Sus tablas sostienen sueños, sus formas irradian presencia.
Es testigo de acuerdos, de proyectos que tomarán forma, de ideas que nacerán a su alrededor. Ya no se inclina buscando protección, ahora es él quien cobija y reúne. Y así, sigue vivo.
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